Edna López

Capítulo1. Un lugar misterioso
Más allá del Desierto Rojo, inmerso en el espeso bosque de baobabs, se hallaba el carcomido esqueleto de un viejo buque. La fantasmagórica visión de este barco, misteriosamente encallado a cientos de kilómetros de cualquier mar conocido, resultaba tan sombría y lúgubre que no recordaba más que a la idea de la muerte. Ninguna de las bestias que habitaban el bosque osaba jamás acercarse a este navío. Ni siquiera las aves se atrevían a anidar entre sus mástiles. Y era porque algo siniestro y enigmático se respiraba en el ambiente.
—En realidad es un lugar muy hermoso —sentenció el mensajero con un suspiro de alivio por haber llegado hasta allí sano y salvo.
En los tiempos que corrían no era extraño que un emisario como él tuviera que afrontar peligros y adversidades. Sin embargo, él era un veterano en el oficio y no se dejaba amedrentar por rumores o leyendas. En los más de cuarenta años que llevaba ejerciendo su profesión, jamás había dejado de entregar una carta o un paquete por más tenebroso que fuese el paraje o espeluznante la casa. De hecho, aquel hombre menudo de escasos cabellos grises y palabras excesivamente pausadas era conocido como el más eficiente mensajero de toda Isla Kola.
—Y ahora veamos la dirección. ¡Vaya! Un caso complicado. No se entiende más que una palabra. No importa. Me gustan los retos.
El mensajero se detuvo un momento a contemplar la malograda silueta del barco mientras pensaba en lo absurdo que resultaba sentir miedo ante lo que no era más que un buque abandonado. Se había quedado embelesado observando cómo su ajada bandera ondeaba mecida por el viento. Y de pronto, casi sin poder creerlo, en lo alto del palo mayor vio encaramado a un niño. ¿Cómo habría subido allí arriba? ¿Qué es lo que hacía en aquel barco ruinoso en mitad de la nada?
Lo curioso es que el chico no parecía el espectro de un antiguo marinero ni un salvaje más cercano a un mono que a un ser humano. No, era un niño como cualquier otro: de piel dorada, cabellos castaños e inmensos ojos almendrados que oteaban incansables el horizonte. Llevaba puesta una impecable camisa blanca de una talla mucho mayor que la suya sin una arruga, ni un desgarrón, ni siquiera una pequeña mancha. Lo cierto es que la ropa y la actitud segura que mantenía sobre el mástil le conferían una cautivadora elegancia, la que tiene aquella persona que tras un largo aprendizaje realiza una gran proeza sin apenas esfuerzo.
 Esto, en efecto, ocurría todos los días aproximadamente a la misma hora. El niño estaba acostumbrado a encaramarse al mástil y lo hacía con la mayor soltura. Su nombre era Omar y su habilidad de trepar al palo mayor le había costado mucho tiempo de práctica y constante esfuerzo. Comenzó a aprender su oficio hacía entonces más de cuatro años, cuando apenas contaba con seis. Aunque, desde luego, lo fundamental no era escalar hasta allí arriba, sino hacer el anuncio. Así que el muchacho abrió la boca, ensanchó los pulmones y dijo tan alto como pudo:
—Auh uh ahah ah a a ahau ui uhuh a a a a uh ui booo boooa…
Era una frase bastante sencilla de comprender, incluso para quienes no estuvieran familiarizados con el canto de las ballenas. La mayoría de las personas y los animales, aunque no pudieran articular una palabra en este arcaico lenguaje, entendían perfectamente que se trataba de una grave advertencia que podría significar algo así como: “Al que ponga un pie en la nave no le espera un recibimiento suave”.
No cabe duda de que esta amenaza no hubiese surtido el mismo efecto si hubiese sido pronunciada desde la cubierta del corroído navío. Y es que lo esencial del alto poder de persuasión del mensaje de Omar radicaba en el hecho de estar cantado desde lo alto del palo mayor. Puede que fuera por el factor sorpresa o por la estupefacción que causaría a cualquiera encontrarse frente a una situación imposible, es decir, aquélla en la que una ballena parecía cantar desde el mástil de un barco varado en mitad de un impenetrable bosque.
A veces contestaba algún urogallo con una larga diatriba, pero como Omar no comprendía el lenguaje de las aves, no podía responder nada más que su reiterada advertencia. Le hubiese gustado ser un poco más amable con aquellos pájaros, sobre todo porque a Omar se le antojaban tan alegres y amistosos con sus extrañas voces que hubiese deseado decirles que la amenaza no iba dirigida a ellos. Lamentablemente, todo lo que nuestro amigo sabía decir en el lenguaje de las ballenas era aquella única y amenazante frase.
Aquellas palabras se las había enseñado hacía casi cinco años un pescador de langostas en un pueblecito marinero de la costa norte al que fue de excursión con la escuela de exploradores. Aquel hombre repetía aquella frase constantemente para alejar a los tiburones de su bote. Omar había aprendido a pronunciar cada sonido por separado con un considerable esfuerzo. Lo curioso era que, a pesar de la dificultad del lenguaje y del tiempo transcurrido desde entonces, Omar no hubiese olvidado ni un sonido ni una nota del canto. La razón era que aquella frase le recordaba mucho a Marquesita.

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