Edna López

NOTA DE ÉBANO SOBRE UN MAR DE MARFIL
Treinta y seis negras… cincuenta y dos blancas… encerradas en su jaula de abeto… bajo la despiadada opresión de unas tensas cuerdas de acero. Acariciaron mis dedos el frío marfil. Se deslizaron por el refulgente ébano dando forma a mi canto de cisne. Y el padre Aurelio, como tantas otras veces, suspiró y murmuró conmovido “¡qué extraordinario!…, ¡qué belleza!” Después, los acordes armónicos quedaron sumidos en el rugido ensordecedor de un mar embravecido. Apareció la soledad, la incertidumbre y el miedo apenas disimulados por aquel sonido estridente que, al final, nos indultó a todos de quedar atrapados para siempre en su letal fosa marina de sueños truncados. Y llegó el momento que el padre Aurelio había vaticinado henchido de orgullo y de esperanza. Por fin estábamos en la playa y el rumor de las olas cantaba en nuestros oídos. Un hombre se acercó con una manta en la mano. Sonreía mientras me la colocaba sobre los hombros, pero cuando movió los labios sólo pude escuchar un ruido monocorde y constante. Ya entonces echaba de menos la precisión armónica del piano, las notas melodiosas que se escapaban de la vieja partitura de Chopin. Aunque me esforcé mucho, no pude entender el ruido que provenía de aquel hombre de mirada amable. No obstante, algo me sonaba curiosamente familiar. Treinta y seis negras… Cincuenta y dos blancas… Tan diferentes, pero tan necesarias para componer la armonía. Sí, treinta y seis negras y cincuenta y dos blancas. Como siempre.
         Cuando mi padre murió yo tenía diez años. Mi familia se vio forzada a trasladarse a otra región para vivir de la agricultura. Entonces, en Awama aún no había agua corriente potable, ni carreteras, ni siquiera un doctor. Mi hermano y yo estudiamos un tiempo en la única escuela existente para convertirnos en hombres de provecho. A mí me gustaban las clases y pronto aprendí a leer y escribir. Mi hermano mayor, Yussef, sin embargo, nunca quiso aprender nada. Sólo pensaba en huir de las desvencijadas aulas de la escuela, en escapar lo más lejos posible. Solía decir que cuando llegase a España conseguiría un buen trabajo y podría ganar dinero para que mi madre no tuviera que trabajar vendiendo aceitunas. Al final del verano, el mismo día del segundo matrimonio de nuestra madre, Yussef cumplió su palabra, aunque más impelido por los acaloradas disputas que mantenía con nuestro nuevo padrastro que por su ánimo altruista de beneficiarnos. Mi madre lloró sin tregua su ausencia durante una semana entera. Después abandonó su pena de inmediato y para siempre, sobre todo, porque nuestra miseria la reclamaba, pero también porque la frágil cadena que suponía nuestra nueva familia no la tenía más que a ella como eslabón fuerte. Dos nuevos hermanos mayores que yo entraron en nuestra casa y el primero de ellos no tardó en usurpar el lugar del primogénito evadido, sin que nadie pensara siquiera en decir una palabra. En el naciente puzle de mi vida, yo ya no sabía en qué lugar encajaba.
          Luego, me las arreglé para que uno de los desamparados chicos del puerto de Tánger me confirmara lo que yo ya sospechaba: Yussef había cruzado el Estrecho oculto en los bajos de un camión aquel mismo mes de septiembre. No supimos nada de él hasta casi medio año más tarde, cuando nos envió algo de dinero desde Barcelona. Su antiguo amigo del escuadrón de los relegados me dijo que el éxito de la huida de mi hermano había sido toda una proeza. Aquella noche, la policía, suspicaz ante la inminencia de las fiestas populares, vigilaba con más recelo que de costumbre, inspeccionando hasta el más recóndito resquicio de los camiones. Como una macabra advertencia de que sólo sin vida podrían cruzar a la otra orilla, los guardias habían utilizado máquinas especiales para detectar los latidos del corazón y sólo los de Yussef se les habían pasado desapercibidos. Aquel muchacho infeliz me relató orgullosamente estos hechos, pero yo hubiese preferido que no me hubiera dado tal exactitud de detalles. Desde entonces, represento en mi mente el endeble cuerpo de mi hermano grotescamente retorcido entre los amasijos de hierro de las atracciones de los feriantes. Mi imaginación da forma a su angustia y es como si pudiese verle, con la respiración atenazada por el miedo, rogando para que los delatores latidos de su corazón no frustrasen su fuga. Muchas noches sueño con esto y al despertar me parece escuchar el sonido leve de un insistente metrónomo muy lejano que repite mi nombre en busca de auxilio, como un eco distante que susurra en la oscuridad de la noche.
         A mi madre no le entusiasmaba la idea de que yo pasara entonces tanto tiempo con aquél que yo le había definido como un “hombre santo”, pero que inexplicablemente no era musulmán ni parecía profesar fe alguna. El padre Aurelio había pertenecido a la orden de los franciscanos muchos años atrás, hasta que un desacuerdo de opinión le había llevado primero al exilio y más tarde a la expulsión definitiva. Parecía que esto último a él le había resultado intrascendente porque siguió viviendo en la casa de la orden y vistiendo los hábitos más de treinta años después de que se hubiese decretado su despido. Probablemente, este factor temporal, unido al hecho de que estuviera siempre allí para ayudar a quienes lo necesitaran en la medida de sus exiguas posibilidades, había conseguido que fuese tolerado por todos.
         A mí me rescató de mi confusión tras la marcha de Yussef a través del sonido del piano, el más exótico artefacto existente en aquella paupérrima comunidad improvisada. Él me enseñó a leer las partituras, a extraer de cada nota una efímera belleza. Fue el padre Aurelio el que me animó a emprender el viaje a Europa para pulir mi talento innato. Con esta idea y no otra, me decidí al cumplir los trece años a cruzar los catorce kilómetros y cuatrocientos metros que me separaban de mis sueños. El día de mi partida, hacinado con otros catorce chicos en una barca de remos que un día fuera de juguete, sólo pensaba en el irreparable daño que el agua debía estar causando en mis “mariposas blancas”. Aquella partitura de Mustafa Aich Rahmani no sólo era el regalo de despedida de mi mentor, sino también mi única pertenencia valiosa en el mundo, mi malogrado tesoro víctima de un mar ingrato. Si mi madre hubiera tenido idea entonces de que aquel “hombre santo” me enviaba a cruzar el Estrecho en un bote de juguete con unos papeles inútiles como único equipaje, hubiera confirmado sus peores temores acerca de que aquel viejo desequilibrado no tardaría en suponer mi ruina.  

       Miro mis pies desnudos sobre la arena de la playa y no puedo creer que al final lo haya conseguido. El hombre de mirada amable continúa emitiendo su ruido monótono mientras me sonríe, sin importarle que yo no pueda entender ni una palabra. Paso muchos días en España tratando de encontrar la armonía que se me pierde en aquella lengua extraña. Tras meses de arduo trabajo, finalmente logro captar parte de la coherencia del ruido, pero la melodía me sigue pareciendo discordante. De hecho, todas las melodías que escucho en la Residencia Infantil me resultan ajenas. Añoro a mi familia y a la inquebrantable seguridad del padre Aurelio. Hago un esfuerzo por sonreír, a pesar de que el mundo se me quiebre por dentro, tan sólo porque sé que los adultos hablan de mí, que dicen que sufro “un trastorno”. Pienso en mi angustioso viaje, en todo el sufrimiento y en el miedo que pasé para estar aquí y ser como ellos. No quiero que me consideren uno de “los otros”, así que trato de adivinar qué es lo que quieren, qué es lo que esperan de mí. Es difícil precisar si ellos mismos lo tienen claro. Para ellos siempre estoy demasiado triste o demasiado alegre, demasiado entusiasta o demasiado apático.
         Un día cualquiera, sin que nadie me hubiese dicho ni una palabra, una de las educadoras me acompaña a un hospital y me deja allí solo. Las lágrimas se agolpan en mi garganta cuando el médico aparece y me dirige una sonrisa. “Sé que la sonrisa es falsa”, le digo mirándole a los ojos melancólicamente. “¿Por qué dices eso?”, me pregunta el médico en su tono más conciliador. “Es como la que yo represento para ellos”. Sorprendido in fraganti por la sinceridad de mis palabras, no tiene nada que responder a este comentario. Me receta drogas que me mantienen en un estado de aletargamiento durante casi todo el día. En aquel lugar frío, solo y confuso, sueño que paso la tarde en Tánger y duermo en España.
        Tarareo “Los murmullos del Sena” y tamborileo con los dedos en la mesilla de noche. A veces veo flotar en el aire una nota azul, pero sé que la música se ha marchado muy lejos y me cuesta recordar los acordes. Es posible que de mi situación esto sea lo que más me entristece. Aunque añoro mucho el sonido del piano, las drogas parecen haberlo enmudecido. El día que me permiten salir a la calle, huyo del hospital corriendo hasta que me abrasa el calor en las piernas y un dolor intenso me oprime el pecho. Molto agitato. Es una noche gélida en la que la luna me sonríe de medio lado desde un cielo azabache sin estrellas. Presto con fuoco. Miro hacia atrás. Nadie me sigue. Sostenuto. No sé qué hacer ni a dónde dirigirme.
        En la madrugada del tercer día, dos policías me encuentran hurgando en la basura como una rata. No sé si me están rescatando o deteniendo, ni siquiera sé a dónde nos dirigimos hasta que me encuentro a las puertas de lo que parece ser un centro de acogida. A pesar de que guardo ciertas reticencias al respecto de mi nuevo destino, mientras espero sentado en una sala vislumbro en una habitación cercana la silueta de un inesperado viejo amigo. Sin duda es muy diferente, pero guarda un vago parecido con el del padre Aurelio. Por fin he llegado al lugar en el que podré recobrar la música, en el que podré hacer aquello para lo que he venido.
        Mis esperanzas se ensombrecen cuando escucho a dos educadoras hablando de mí como si yo no pudiese entenderlas. Apenas pueden pronunciar correctamente mi nombre, ni siquiera me han visto nunca antes, pero con unos papeles en la mano escritos por otros desconocidos ya están convencidas de que lo que yo preciso es un centro de salud mental. No sé si es terror o ira lo que late en mi cabeza. Sólo puedo pensar que no permitiré que amordacen a mi música de nuevo. Así que echo a correr en dirección al piano tirando al suelo todo lo que encuentro a mi paso. A mis espaldas escucho gritos que repiten “¡Una crisis, una crisis!”, mas nada me aparta de mi objetivo. Cierro la puerta por dentro y coloco una silla contra el pomo.
        Mis manos tiemblan cuando las dejo caer sobre el teclado. ¡Hace tanto tiempo…! De pronto, me siento de nuevo como en casa. Es siempre lo mismo: treinta y seis negras… cincuenta y dos blancas… Puede que esta vez sí que sea la última sonata. Una agria melancolía se desliza por mi garganta y debo esforzarme para contener las lágrimas. Con persistente sutileza dejo correr las notas de la “Tristesse”. Las escalas fluyen de mis dedos como un mar acogedor, no como aquel hostil oleaje que me trajo hasta estas costas. Me parece como si una turba de sombrías miradas me observara desde el poniente, como si los acordes del piano diesen voz a sus súplicas. Hace rato que los otros han conseguido abatir mis fútiles barreras de estanterías, sillas y lámparas. Siento el eco de sus atónitas respiraciones en mi espalda. No sé por qué, pero me dejan terminar hasta el último acorde de la pieza. Cuando me giro para enfrentarme a sus gestos severos, percibo en sus ojos un matiz de encandilada incomprensión que me resulta inesperada. ¿Puede ser acaso esta nota de esperanza la que me había resultado tan esquiva? Tanto tiempo vagando por este mar de marfil sin encontrar la melodía… y puede que sólo necesitáramos un diapasón para sincronizar nuestras afinaciones.

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