Edna López



Este relato ha sido publicado en la revista estadounidense bilingüe dedicada al arte y la literatura Rio Grande Review
(Otoño 2012-Primavera 2013. Ejemplar 40-41)


En el último ocaso soy todos los hombres, desde el de la noble cuna hasta el que sujeta con firmeza el acero para huir de la indigencia. Quisiera saber cuánto de mí vive en otros mundos, de dónde proviene esta sed infinita y qué será de mi hambre insaciable. Ahora los otros que vivieron en mí regresan desde los confines del tiempo, pero más tarde me derramaré sobre la tierra para ser parte de todas las cosas. Un día este último suspiro mío llegará a otro hombre e invadirá su pecho. Él dará forma a mis sueños y encarnará la sombra de cuantos me precedieron. Pero ahora todo ha terminado para mí. Veo mi cuerpo inerte que yace en el lecho de mi ger... Me rodean mis familiares, mis leales amigos y mis fieles soldados. Al principio, me anegan preocupaciones mundanas acerca de la campaña contra Burján, Rey de los Tangut. Mas luego, sólo puedo pensar en la reluciente crin gris rojiza de mi corcel bajo el ardiente sol del verano... Me abandono y miro al Cielo Azul Eterno con los ojos del alma... Mis soldados escoltan mi cuerpo en silencio, de vuelta a mi patria… Me sepultan en una fosa anónima y ochocientos hombres hacen correr sus caballos repetidamente sobre mi sepultura, para sumir en perpetuo misterio su emplazamiento.
(…)
En las montañas boscosas, cuando el Lobo Gris-Azul se unió a la Hermosa Cierva Roja a orillas de un inmenso lago, se gestó mi pueblo. Mi patria está plagada de pantanos, que durante el largo invierno dan lugar a una masa sólida de hielo y durante el fugaz verano se tiñen de azul cobalto. En la primavera de 1162, año del Caballo, desgarré las entrañas de una joven, que secuestrada y lejos del mundo que había conocido, me daba el primer aliento de la vida. Mi padre, Yesuguei, me llamó Temuyín, nombre que recuerda a la mirada de un caballo que galopa hacia donde le place, con independencia de la dirección que desee seguir el jinete.
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Mi padre deja tras su muerte dos viudas y siete hijos pequeños, que no suponen para el Clan más que un pesado lastre. Por esa razón no han querido llevarnos con ellos esta mañana cuando levantaron el campamento para asentarse en tierras más estivales. Enfurecida, mi madre agarró el estandarte del espíritu de mi padre y persiguió a nuestro antiguo grupo, agitándolo por encima de su cabeza frenéticamente. Eso les hizo avergonzarse y temer la ira del espíritu de mi padre desde el más allá, por lo que regresaron al campamento. Sin embargo, ahora que la noche ha caído, ya no hay oprobio que la oscuridad no puede disimular. Uno a uno se han ido marchando a hurtadillas, llevándose consigo los animales de nuestra familia, condenándonos a una muerte segura con la llegada del invierno.
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¡Maldito sea ese perro salvaje de Begter, mi medio hermano! Por ser el hijo mayor de la primera esposa de mi padre ejerce un poder absoluto sobre nosotros. Cuando se impone tiránicamente sobre los hermanos y me quejo a mi madre, ella siempre le favorece. Aprovechándose de sus prerrogativas como primogénito, pronto la convertirá en su concubina. Mi madre le aceptará como esposo dentro de uno o dos años, en cuanto él tenga la edad suficiente y, convertido en el cabeza de familia, ya no podremos hacer nada para rebelarnos. Pero mi hermano de padre y madre, Jasar, tan encolerizado como yo, me acompaña hasta la estepa. Begter se halla sobre un montículo oteando el horizonte. Agazapados, nos arrastramos cada uno por un lado hasta cercarle como a un ciervo que pastase distraído. Disparamos nuestras flechas contra su espalda y su pecho. La pantera que nos acosaba ha caído y ya no podrá causarnos ningún daño. Huimos de aquel lugar perseguidos por el rastro de su sangre, que amenaza con contaminarnos.
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Ahora sé que de mi paso por el mundo quedará un nombre poderoso. Regresamos acariciados por las sedas. Mientras los demás se reparten abanicos de papel, cuencos de porcelana, armaduras de metal y cuchillos de bronce, yo descanso sobre una silla de montar exquisitamente repujada por las manos de los que fueran nuestros enemigos. Una inusitada nube de fragancias a índigo, bálsamo y almizcle nos sume en un sopor lisonjero. Ya imagino a mi esposa engalanada con joyas de marfil plagadas de turquesas, perlas, corales, esmeraldas y diamantes. Nuestros vagones, cargados de odres de vino, barriles de miel y paquetes de té negro, siguen a los camellos, que dejan a su paso aromas de incienso y sándalo. Cada vez que detenemos las caravanas un grupo de músicos, acróbatas y juglares actúa para nuestro deleite. Mis prisioneros son príncipes, sacerdotes y adivinos. Entre mis manos se gesta un nuevo mundo, modelado con los restos del pasado.
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A mis casi sesenta años, de nuevo me veo abocado a tomar las armas. El Sultán de Jorezm ha de pagar la ofensa de asaltar una de mis caravanas comerciales y desfigurar el rostro de mis embajadores. Así que en 1220, año del Dragón, la Noble Bujará, la venerada ciudad, está a punto de sucumbir a mi obstinado asedio.
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La población civil se rinde y me abre las puertas de la ciudad. Por primera vez, entro al frente de mi caballería en la recién conquistada Bujará. Miles de voces llegan hasta mis oídos con el zumbido de mi nombre que se repite como un eco: ¡Genghis Khan, Genghis Khan! Como primer acto de sumisión de los vencidos, exijo la entrega de forraje para mis caballos. Pese al éxtasis del triunfo, de pronto, miro a mi montura y se me antoja más una figura de barro que un auténtico animal. Entorno los ojos para deleitarme con la visión del ocaso, que me parece pintado sobre un monumental lienzo. Debe ser la hora de que me reclame el Cielo Azul Eterno. Es hermoso… La forma y el color de todas las cosas me recuerdan al principio de mí mismo.

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