Edna López

Quisiera dormir profundamente sobre las ardientes dunas hasta que las piezas de este mundo roto vuelvan a colocarse en su sitio. Ya sé que es una fantasía vulgar, la que todos tenemos. Por eso no puedo… no podré dormir serenamente en mucho tiempo. Aquí todo depende de mí y hay demasiado en juego. Si me atreviera a sumergirme en ese sueño templado, en la quimérica imagen del mundo que dejamos atrás, de algún modo, los otros lo sabrían. Están en todas partes, incluso en este desamparado agujero. Sin embargo, desde hace días no pienso en otra cosa más que en la siesta tibia del pasado. Debo resistirme, para que los nuestros no conozcan mis debilidades. Además, el desierto conspira en contra de mis deseos, bulle en ecos distantes y murmura como un arrullo de voces confundidas. Estamos recluidos en mitad de una inmensidad inabarcable que canta con la cálida dulzura de una sirena, pero que también nos somete. Por esa razón, tan sólo por el placer de la rebeldía, un día decidí quitarme los zapatos. Ahora ninguno los llevamos puestos. Ese gesto colectivo, el germen de la sedición, fue el que me llevó a concebir las reglas de la guerra.
Mientras depuro mi máscara de estoicismo, las repaso mentalmente porque son lo único que nos salvará del caos. No es sólo el riesgo creciente a la insubordinación, hay algo más, algo oscuro y mal disimulado que arrastramos con nosotros. Pero ¿por qué negarlo? Es el miedo lo que flota en el aire como un etéreo fantasma que viniera a atormentarnos. Ocultos tras la barricada, veo a los muchachos aferrados a sus armas y en sus ojos errantes se lee un presagio de muerte. El calor de los días y el frío intenso de las noches se hace insoportable. En esta duna ingrata vemos cómo el paisaje cambia constantemente. Cada mañana movemos las arenas para que formen una barrera que proteja nuestras posiciones frente al enemigo, y cada tarde se rebelan furiosas, dejándonos nuevamente al descubierto. En este suplicio de Sísifo empleamos horas, en las que se mantiene alejado de nuestras mentes el temor.

Ya llevamos más de seis meses solos en esta trinchera, sumidos en un día eterno que es siempre igual al anterior. A veces, confundiéndose con el susurro del viento, escuchamos murmullos distantes de los otros. No les vemos, pero sabemos que nos vigilan celosamente día y noche. Cuando la amenaza de sus voces se vuelve más diáfana, los muchachos me miran a mí, a la autoridad al mando, al teniente Benito, y en sus ojos crepita la duda. “¿Y si en mitad de una de estas noches oscuras como cavernas los otros reptaran hasta nuestro campamento para matarnos mientras dormimos?”, parecen preguntar sus ojos, que me miran cargados de esperanza. Ignoran que no poseo el antídoto que les salve de morir en este desierto, que no anhelo más que dormir profundamente y que mi única certeza son las reglas de la guerra.

El cabo Alonso limpia su fusil con esmero. Es un hombre robusto, algo rollizo, casi tan alto como yo, de mejillas sonrosadas y cabellos castaños ensortijados. Se mueve torpemente entre las dunas, como si temiera perder el equilibrio. El soldado Luis es delgado, de estatura media, con una lacia melena negra que resbala sobre sus ojos. Su carácter nervioso imprime cierta incoherencia en sus acciones y no es extraño verlo acatar órdenes que nadie le ha dado. Esta reducida tropilla es suficiente para un lugar tan retirado como éste. Antes venían de vez en cuando soldados enviados por altos mandos de nuestro regimiento para recibir nuestros informes y asegurarse de que la situación continuaba siendo segura. Pero ahora todos parecen haberse olvidado de nosotros. El sol ha salido veinte veces sin que la sombra de ser alguno se nos acerque, ni amigo ni enemigo. En cualquier caso, ya esperaba que esto sucediera. La guerra de guerrillas se recrudece en las calles de la ciudad y todas las tropas son necesarias en el campo de batalla. No es posible prescindir de un puñado de soldados para que asistan a un retén que aguarda en tierra de nadie. No los necesitamos. Gracias a mi inventiva, tenemos nuestras propias normas: dar el alto, disparar al enemigo a matar y nunca, bajo ningún concepto, dar la señal de alarma.

Al elevar la vista hacia al norte veo la imagen de una mujer morena que se acerca tambaleándose entre las dunas. Sólo cuando contemplo los rostros petrificados de mis hombres logro comprender que no se trata de un espejismo. La visión nos resulta perturbadora por ser una anomalía en nuestra soledad y porque no sabemos quién es ella ni de dónde ha salido. Yo rastreo la arena inquisitivamente para detectar las huellas del vehículo que la ha traído hasta aquí, pero, como siempre, el desierto ha borrado toda pista. Por fin llega, con una curiosa mueca de satisfacción pintada en los labios.

Se presenta ante mí con su escopeta y su uniforme idéntico al nuestro. Noto que se esfuerza en que el saludo militar resulte de mi agrado. Reconozco el nombre del alto cargo que nos envía a la soldado Trinidad. Es posible que la haya mandado hasta esta trinchera para protegerla del clamor de la batalla. Debe ser una privilegiada amparada por el manto de los poderosos. Habrá que tratarla bien.

Es una mujer de piel oscura,  intensos ojos almendrados y cabellos cortos, como los de un muchacho. Resulta curioso que, debido a su escuálida complexión apenas pueda sostener el arma en alto. Le doy permiso para que descanse y exhala un suspiro de alivio. Demuestra cierto entusiasmo cuando le muestro nuestras escasas instalaciones, que no se componen más que de la tienda bajo la que nos resguardamos durante las noches. Supongo que aquí espera encontrar una emocionante aventura. Sus fantásticos sueños se verán sin duda frustrados. Desearía verla mañana, cuando le entregue la taza de agua de que dispondrá para asearse durante todo el día, o dentro de un mes, cuando aún lleve exactamente la misma ropa que hoy.

Comienzo a pensar que introducir a una militar tan enclenque en un ambiente como el nuestro no puede resultar sensato. Es imposible que ella pueda lidiar con el extremo rigor del desierto. Si algo le sucediera estando bajo mi mando, salvo que sea una bala enemiga alojada en el cráneo, yo sería el único responsable. ¿Y si esta criatura famélica supusiera mi ruina? Ahora recuerdo que tras la pasada campaña algún alto cargo quedó resentido contra mí y podría estar buscando venganza. Qué mejor manera de destruirme que poner en mis manos a una potencial víctima de la guerra. Luego sería fácil distorsionar lo sucedido, haciendo caer sobre mí toda la culpa. Además, me parece que mis hombres miran con recelo la fragilidad de la recién llegada. Si la marginan, si no la consideran una de los nuestros, tampoco me libraré de las consecuencias.

Mis temores se disipan cuando veo que el soldado Luis le muestra el puesto de vigilancia con regocijo. No obstante, el cabo Alonso se mantiene más apartado y taciturno de lo que tiene por costumbre. Finalmente se acerca a la nueva recluta con gesto grave y la escruta sin reservas.

—¿Conoces las reglas de la guerra?

—Debo dar el alto, disparar al enemigo a matar y no dar la señal de alarma.

—Nunca, nunca debe darse la señal de alarma –puntualiza el cabo Alonso.

—Nunca dar la señal de alarma.

Al repetir la soldado esta última frase, el cabo parece quedarse satisfecho. Le pregunta sobre modelos de armas y otras cosas que a él le interesan y ella exhibe en esa conversación el mismo extraño entusiasmo que mostrara en llegar hasta nuestro campamento. Al quedar integrada como parte de nuestro grupo, mis temores se vuelven ligeros. Mi corazón ha dejado de galopar en mi pecho. El mundo que conocía sigue en su justo lugar y no parece que ninguna turbia venganza vaya a venir a amenazarme. Después le preguntamos a la soldado por el curso de la batalla en la ciudad. Con premeditada cautela, ella comienza a hablarnos de cosas que un año atrás nos hubieran resultado insólitas.

—En la ciudad se combate sin descanso, ya no sólo a los colonialistas, sino también a las guerrillas. Las calles se han vuelto especialmente peligrosas, pues nunca se sabe quién va a atacarte.

—¿Y qué dicen las noticias sobre la guerra? —inquiere el cabo.

—Se teme que el conflicto pueda recrudecerse. De hecho, no sería raro que este territorio fuese invadido. Ni siquiera este puesto de vigilancia en el desierto es tan tranquilo como os imagináis.

Leo en sus ojos que su emoción se debe al hecho de que ésta es la primera vez que entra en combate. Para ella todo es nuevo y excitante. Y ¿quién podría culparla? Dentro de poco, su paroxismo se transformará en indiferencia, en el mejor de los casos; o en pavor, en el peor de ellos.

De pronto, la mirada de la soldado se detiene en un bulto que hay junto a nuestras mochilas. Resulta increíble que hasta el momento no haya reparado en ello. Noto cómo un halo de curiosidad la invade, para dejarse luego arrastrar por una certeza.

—¿Es eso un hombre?

Guardamos silencio. Supongo que soy el encargado de responder a la pregunta. Me gustaría poder mentir. Seguramente no hay ninguna explicación coherente que pueda ofrecerle. Dejo fluir las palabras despacio, sílaba a sílaba, sonido a sonido.

—Se llama Esteban.

—¿Por qué no me lo ha presentado antes?

—No lo consideré necesario.

—¿Cuál es su rango?

—Es un soldado.

—¿Por qué está tumbado en el suelo?

—Es una baja.

—¿Le atacaron los enemigos?

—No, no lo hicieron.

La soldado me mira desconcertada y ya no poseo más medias verdades que ofrecerle. Ha llegado el momento. Tendré que decírselo. Será prudente hacerlo de una forma clara y concisa, que no deje lugar a dudas de lo que ha sucedido.

—Ese soldado dio la voz de alarma.

Durante unos instantes Trinidad me observa con sus inmensos ojos castaños fijos en los míos, como si estuviera haciendo un esfuerzo por comprender. Luego asiente con la primera expresión solemne que veo dibujarse en su rostro.

—¿Recuerda las reglas de la guerra, verdad? —le pregunto.

—Dar el alto, disparar al enemigo a matar y no dar NUNCA la señal de alarma.

Es una situación bastante incómoda para todos, sobre todo por el hecho de que resulta muy difícil enterrar a un hombre en el desierto cuando la arena no deja de desenterrarlo y uno no puede estar a la intemperie el suficiente tiempo como para cavar un agujero profundo. No sé por qué la soldado sigue asintiendo, a pesar del hecho de que yo ya no continúo hablando. Ahora encuentro su actitud bastante menos interesante que cuando mostraba su inadecuado entusiasmo.

Aquel silencio incómodo me permite escuchar el ruido inmediatamente. Puede que la soldado Trinidad esté en lo cierto respecto al recrudecimiento de la batalla. Tengo claro que alguien se acerca a nuestra barricada. Como es la primera situación de riesgo que vivimos desde que nos destinaron a esta posición, me adelanto con mi fusil para hacerme cargo yo mismo.

—Alto, ¿quién va?

Nadie me responde. Apenas escucho un tenue cuchicheo, pero sé que nuestro enemigo está ahí. Un soldado curtido en batallas siempre sabe ese tipo de cosas.

—¡Alto y seña!

Como los ruidos se acentúan y el atacante no se identifica comienzo a disparar a ciegas. Vacío por completo el cargador sobre las dunas sin que el enemigo aparezca. Miro a mis hombres y en sus rostros se dibuja una expresión confusa. Eso me pone ante el dilema de si soy yo el único que ha escuchado algo o también lo han oído ellos. Ojalá pudiera deshacerme de la duda, lo único que un combatiente no puede permitirse. Quisiera que todos me dejaran en paz: los nuestros y los otros. Si al menos pudiera andar hasta el final del desierto, allí dormiría profundamente sin el menor recelo. Pero soy yo el que está al mando y he de hacer frente a la inminente contienda.

Aprovechando mi consternación surge un extraño a mi espalda que me agarra del cuello. No me explico cómo ha podido llegar hasta aquí a plena luz del día y burlar las balas que le he disparado. Para aumentar mi sorpresa, viene acompañado por otro individuo, que inmoviliza en el suelo al cabo Alonso y lo muerde en un brazo con saña. El ataque aterroriza al soldado Luis, al que no puedo pedirle ningún comportamiento heroico, puesto que se ha orinado en los pantalones. Es algo vergonzoso que uno de mis hombres se haya visto sometido tan fácilmente y el otro haya perdido todo su aplomo.

Únicamente la soldado Trinidad continúa mirándome expectante, como aguardando mis órdenes. Me satisface esta circunstancia. Mi agresor apenas me deja un hilo de voz para dirigirme a la nueva recluta.

—¡Mate a ese hombre!

La soldado mira boquiabierta al individuo que sigue mordiendo al cabo Alonso.

—¿A éste? ¿Por qué?

Realmente no entiendo su pregunta. Tampoco la entiende el hombre que me retiene. Es posible que por eso me deje decir algunas palabras más.

—¿Cómo que por qué? ¿Por qué va a ser? Porque estamos en guerra y él pertenece al otro bando.

Continúo hablando porque mi agresor, tan impresionado como yo, me lo permite, y porque la soldado sigue mirándome perpleja, sin articular palabra.

—Debe matarlo porque es el enemigo. Es de los otros, ¿es que no comprende?

En lo que me parece un intencionado propósito de exasperarme, Trinidad no me responde de inmediato. Puede que aguarde a que la sangre que me hierve en las venas comience a estallar en mis sienes.

—A mí no me parece una razón suficiente.

¿Qué puedo alegar ante semejante disparate? La miro con los ojos abiertos como platos y comienzo a gritar que es una orden, que debe respetar mi rango, que se está buscando un grave problema. Nada de eso surte ni el más mínimo efecto. Le grito que van a matarnos a todos si ella no reacciona. Pero tampoco eso parece importarle. Me contesta escuetamente, haciendo un esfuerzo, que no quiere meterse en peleas y después se sienta en el suelo. Para entonces, mi agresor ya ha decidido dejar de lado la paciencia y acabar con mi vida. Me tira al suelo y me golpea la cabeza con los puños. Siento como si un enjambre de abejas me zumbara en los oídos. En el tumulto de la lucha oigo un inconfundible sonido. Apenas puedo creerlo. Todos, absolutamente todos, sabemos cuáles son las reglas de la guerra y, sin embargo, es indudable que alguien ha dado la señal de alarma. Me zafo de mis golpes para atisbar el rostro del culpable. El cabo Alonso sigue tratando de arrancarse de encima al enemigo. El soldado Luis está oculto en la trinchera tratando de pasar inadvertido. La soldado Trinidad continúa sentada en el suelo con una estúpida expresión en la cara que denota fastidio. Ninguno de ellos ha sido el culpable. Y, no obstante, la señal de alarma suena tan alto que es imposible obviarla. Me giro hacia atrás haciendo un esfuerzo y entonces lo veo. ¿Cómo no haberlo previsto? Ha sido Esteban, como siempre. Me gustaría decirle algo, pero llegarán enseguida. ¿Para qué molestarme?

El llanto de Esteban inunda el ambiente. Ahora no habrá nada que pueda detenerlo. Se ha puesto rojo de furia y con cada berrido que escapa de su boca parece estar acusándome. Siento la presencia del alto cargo a mi espalda antes de darme la vuelta… Mamá toma al niño en brazos y me culpa de haberlo despertado. Lo cierto es que Esteban siempre joroba todos los juegos, siempre se despierta ruidosamente y siempre da la señal de alarma. Pero estas razones no convencen a mi madre, que opina que debiera escoger juegos más tranquilos para pasar el día en la playa. Me repite que como soy el mayor tengo más responsabilidad que los otros niños y, sobre todo, tengo el deber de cuidar de mi hermano pequeño. Se atreve a añadir que todos deberíamos estar durmiendo la siesta porque ella no comprende que la guerra no le deja a uno dormir profundamente, por mucho sueño que tengas. Para entonces entiendo que es mejor agachar la cabeza y no contestar nada.

Las tropas de un bando y otro ya hace rato que han puesto pies en polvorosa. En la orilla, los niños derivan su pasada afición castrense en algo más creativo y se afanan en la construcción de un castillo de arena. Me siento a su lado y preparo argamasa para el muro sur. Me dicen que quieren construir una fortaleza inexpugnable y me ofrecen el puesto de capitán de las tropas que se encuentran dentro. La oferta es tentadora, pero enseguida la declino. Creo que evitaré los enfrentamientos bélicos durante algún tiempo. Una cosa es segura: el único producto que la guerra genera es un intenso dolor de cabeza. Me siento en la obligación de evitar este proyecto insensato. Como último acto en calidad de “Teniente Benito” me pongo en pie de repente y reduzco los cimientos del castillo a ruinas. 

Read More …

"¿QUE YO ME CONTRADIGO? PUES SÍ, ME CONTRADIGO. Y ¿QUÉ? SOY INMENSO, CONTENGO MULTITUDES"

Walt Whitman, "Hojas de hierba".

-->